Nunca soñé con trabajar entre tumbas. A los 17 años, tras la muerte de mi padre, me convertí en el sostén de mi familia. Un vecino me consiguió empleo en el cementerio del pueblo y lo que parecía temporal se transformó en una vida entera entre lápidas, cruces y silencio.
Al principio era solo trabajo: limpiar, cavar, cerrar tumbas, mantener el orden. Con el tiempo aprendí a reconocer cada sonido: los pasos de los visitantes, el crujir de la madera vieja, el silbido del viento entre las estatuas.
Pero pronto entendí que aquel lugar no estaba tan vacío como parecía.
La hora que nadie podía explicar
Una noche noté algo extraño: mi reloj se detuvo exactamente a las 3:17 de la madrugada. Pensé que estaba roto. Lo llevé al relojero. Funcionaba perfecto… hasta que volvía a entrar al cementerio.
No era solo el mío. Todos los relojes de los trabajadores se detenían a esa misma hora.
Don Hilario, el sepulturero más viejo, me dijo una frase que nunca olvidé:
“Cuando tu reloj deja de andar aquí, es porque alguien no quiere que recuerdes el tiempo”.