Antes de desaparecer
Teresa Maldonado nació en un pequeño pueblo donde aprendió desde muy niña algo que nunca le dijeron con palabras, pero que vio todos los días: ser mujer era servir.
A los ocho años ya hacía tortillas.
A los doce cocinaba sola.
A los diecisiete se casó con Eduardo Fuentes, un hombre correcto, trabajador, pero emocionalmente distante.
Nunca fue un matrimonio violento.
Pero tampoco fue un matrimonio justo.
Teresa no era compañera.
Era quien sostenía todo en silencio.
Una vida entregada sin medida
Los años pasaron entre tareas que nunca terminaban:
Cocinar, limpiar, cuidar, atender, resolver.
Primero a su esposo.
Luego a sus hijos.
Después a sus nietos.
Todo sin descanso.
Todo sin reconocimiento.
Nadie preguntaba cómo estaba.
Nadie notaba su agotamiento.
Nadie veía a Teresa como persona.
Solo veían lo que hacía.
Las señales que ignoró durante décadas
Hubo momentos que pudieron cambiar su vida:
Cuando le negaron estudiar.
Cuando su esposo criticó su comida sin agradecer.
Cuando en su cumpleaños recibió una licuadora como regalo.
Cuando no pudo quedarse a despedir a su padre.
Cuando su hija dependió completamente de ella.
Cuando su nieta le dijo: “Para eso estás aquí”.