Uno de los mayores errores e
La ceremonia estaba terminando y las personas comenzaban a retirarse cuando la vi.
Era una niña de unos doce o trece años. No pertenecía a ninguna de las familias que conocía ni a los amigos cercanos de Eduardo.
Caminó con cierta timidez entre la gente y se detuvo frente a mí.
—¿Eres la esposa de Eduardo? —preguntó.
Asentí.
—Sí, lo soy.
Entonces extendió su mano y me entregó un sobre blanco.
—Tu esposo me pidió que te diera esto hoy —dijo—. Exactamente hoy, en su funeral.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo conocías a mi esposo? —pregunté.
Pero la niña no respondió.
Solo dijo:
—Me pidió que esperara hasta este día.
Y antes de que pudiera preguntarle su nombre, se dio la vuelta y salió rápidamente de la iglesia.
Mi hijo se acercó.
—¿Mamá? ¿Estás bien?
Guardé el sobre en mi bolso.
—Sí… estoy bien.
Pero en realidad no lo estaba.