Mi vida era predecible. Trabajo, visitas a papá, fines de semana tranquilos. Hasta que apareció Esteban.
Lo conocí por una compañera de trabajo que insistió en presentármelo. Yo no quería. No me gustaban las citas armadas. Pero acepté casi por cansancio.
Desde el primer encuentro, Esteban supo cómo ganarse mi confianza.
No era especialmente hermoso, pero tenía carisma. Hablaba con seguridad, sonreía en el momento justo y lograba que una se sintiera mirada. Me llamaba todos los días, me mandaba flores sencillas, me llevaba a cenar, me escuchaba con atención. Parecía genuino.
Mis amigas me decían que me veían distinta. Más liviana, más luminosa.
Mi mejor amiga, Verónica, me dijo una vez:
—Te veo feliz, Cami. Solo no te apures.
Pero yo ya estaba enamorada.
La conquista de mi padre
La primera vez que Esteban fue a cenar con mi padre, llegó con una botella y una bolsa de mandarinas. Saludó con respeto, elogió la comida, ayudó a levantar la mesa y hasta se puso a lavar los platos sin que nadie se lo pidiera.
Mi padre lo observó en silencio.
Después, cuando Esteban se fue, me dijo:
—Parece útil. Tiene manos para trabajar.
Era su forma de aprobarlo.
Durante meses, Esteban siguió construyendo esa imagen. Arregló una canilla, ayudó a mover muebles pesados, acompañó a mi padre a hacer algunos arreglos en la casa de campo. Todo parecía encajar.
Nos casamos ocho meses después, en una ceremonia modesta. Sin excesos, sin show. Solo la familia y unos pocos amigos.
Poco después, mi padre nos propuso que viviéramos en el departamento. Él ya casi residía de forma permanente en la casa del campo.
Antes de irse, dejó algo muy claro:
—Vivan tranquilos. Pero no se olviden de algo: el departamento sigue a mi nombre. Los papeles están en regla y así se van a quedar. Cuando llegue el momento, todo será como debe ser.
Esteban le estrechó la mano y asintió con seriedad.
En ese entonces, yo no vi ninguna señal de alarma.
Las primeras grietas
Los primeros dos años de matrimonio fueron buenos. O al menos eso creí.
Pero con el tiempo empezaron a aparecer detalles incómodos. Primero, las preguntas insistentes sobre el departamento.
Esteban sacaba el tema como quien no quiere la cosa:
—¿Tu papá nunca pensó en dejar eso ya ordenado?
—¿Y si algún día pasa algo, no convendría adelantar trámites?
—¿No sería mejor que esté todo más claro desde ahora?
Al principio no le di importancia. Pensé que era preocupación práctica. Pero la repetición me empezó a molestar.
Una noche, cansada, le dije:
—Mi papá está vivo. Dejá de hablar como si estuvieras esperando heredar algo.
Él levantó las manos y fingió inocencia.
Después vinieron los problemas de dinero.
Dejó su trabajo y dijo que iba a emprender con un amigo. Nunca terminé de entender bien en qué consistía el negocio. Cada vez que lo explicaba, sonaba distinto. Empezó a faltar plata. Primero, de los ahorros. Después, de mi sueldo.
Más tarde me enteré de que había ido a pedirle dinero a mi padre. Le sacó una suma importante prometiendo devolverla en un mes. No lo hizo. Nunca.
Mi padre no me dijo nada directamente, pero en su mirada yo noté que ya había entendido quién era realmente mi esposo.