Mi padre, don Ricardo, había comprado aquel departamento de tres habitaciones en 1994, cuando todavía trabajaba como ingeniero principal en una fábrica. En aquellos años muchos perdían todo, pero él tenía una forma especial de mirar el futuro.
Un conocido suyo, Samuel, se iba del país con urgencia y necesitaba vender el departamento rápido. Le ofreció el inmueble a un precio imposible de rechazar. Mi padre sacó todos sus ahorros, los mismos que había guardado durante años para comprarse el auto con el que soñaba, y cerró la compra.
Mi madre, Elena, se enojó al enterarse. Le parecía una locura gastar todo en plena incertidumbre. Pero él le respondió con la calma que lo caracterizaba:
—Esto no es para nosotros. Es para Camila. Cuando crezca, va a tener dónde vivir. Y eso nadie se lo va a quitar.
Tenía razón.
Se mudaron poco después. El departamento era amplio, luminoso, con techos altos, piso de madera y una cocina grande que daba a un árbol enorme. Mi madre llenó la biblioteca con novelas, recetarios y álbumes familiares. Yo, que entonces era una niña, elegí la habitación más pequeña y pegué en la pared una imagen de delfines recortada de una revista.
Aquel lugar se convirtió en hogar. Y con el tiempo, sin que yo lo supiera, también se convertiría en mi refugio.
Una familia marcada por la pérdida
Crecí siendo una chica tranquila, responsable, de esas que cumplen sin llamar demasiado la atención. Estudié contabilidad porque me gustaban los números. Me daban una sensación de orden. De verdad. De algo que no engaña.
Mi madre quería que eligiera una profesión más “humana”, pero yo siempre respondía lo mismo:
—Los números no mienten.
Cuando tenía 26 años, mi madre murió de cáncer. Todo ocurrió demasiado rápido. Desde el diagnóstico hasta el final pasaron apenas cuatro meses.
Mi padre nunca volvió a ser el mismo.
No dejó de funcionar. Seguía yendo a sus controles médicos, a la huerta, a la casa del campo. Seguía llamándome por teléfono todas las noches a la misma hora. Pero algo en él se apagó. Era como si continuara caminando por costumbre, aunque una parte importante de su alma se hubiera quedado detenida para siempre.
Con el tiempo empezó a pasar más días en la casa de campo que en el departamento. Decía que allá respiraba mejor, que había más silencio, más aire puro. Yo sabía la verdad: en la ciudad, todo le recordaba a mi madre.