Dentro de unos años, quizá Lily haya olvidado la pregunta que hizo o la tensión que siguió. Tal vez solo recuerde los girasoles, los panqueques y la seguridad reconfortante en los brazos de su padre. Y eso es suficiente. Porque, pase lo que pase aquella semana, salga lo que salga a la luz, y haya que reconstruir lo que haya que reconstruir una y otra vez, una cosa permaneció intacta:
Soy su padre. No por una prueba, no por un documento, sino porque estoy aquí.
Cada mañana. Cada noche. Cada vez que extiende la mano hacia mí.
Y nada —ni la confusión, ni los errores, ni las revelaciones— podrá borrar jamás esa verdad.