Todo siguió igual hasta que conocí a Mariana.
Mariana López no es una mujer de discusiones ni de confrontaciones.
Es tranquila.
Paciente.
Amable.
Demasiado paciente, ahora lo entiendo.
Eso fue lo que me enamoró.
Su forma de escuchar.
Su manera de sonreír incluso en los momentos difíciles.
Su calma.
Nos casamos hace tres años.
Y al principio, todo parecía en equilibrio.
Una casa siempre llena
Mi madre vivía con nosotros, y mis hermanas iban y venían constantemente.
En San Miguel del Valle, eso era normal.
Los domingos terminaban con la casa llena.
Comida en la mesa.
Risas.
Historias del pasado.
Mariana siempre hacía todo para que todos se sintieran bienvenidos.
Cocinaba.
Servía.
Escuchaba durante horas.
Yo pensaba que eso era lo correcto.
Hasta que empecé a notar pequeños detalles.
Comentarios que no eran tan inocentes
Al principio parecían bromas.
Pero no lo eran.
—Mariana cocina bien —decía mi hermana mayor, Laura—, pero aún le falta aprender como lo hacía mamá.
—Las mujeres de antes sí sabían trabajar —agregaba Verónica con una sonrisa.
Mariana solo bajaba la cabeza… y seguía lavando los platos.
Yo escuchaba.
Y me quedaba en silencio.
No porque estuviera de acuerdo…
sino porque así habían sido siempre las cosas.