La cena
El restaurante estaba lleno.
Luz cálida, manteles blancos, copas relucientes.
Los meseros saludaban con respeto.
Mis suegros pidieron vino caro sin siquiera mirarme.
—Esto no lo pagas con un salario común —dijo mi suegra, revisando la carta—. ¿Sabes cuánto cuesta un plato aquí?
Asentí en silencio.
—No te preocupes —añadió—. Nosotros invitamos. No queremos que te sientas incómoda.
Se rieron.
Yo levanté la mano suavemente y llamé a un mesero.
—¿Podría llamar al gerente, por favor?
Mis suegros se miraron entre sí, divertidos.
—¿Vas a quejarte del precio? —preguntó mi suegro—. Esto no es un café barato.