Observa a un niño de 2 años jugar. Cuando quiere recoger algo del suelo, no se inclina doblando la espalda con las piernas rígidas. Hace una sentadilla profunda perfecta, con los talones apoyados, la espalda erguida y el trasero casi tocando el suelo. Y puede quedarse ahí durante largos periodos sin esfuerzo.
Esa es, de hecho, la postura de descanso natural del ser humano.
Durante miles de años, nuestros ancestros comían, descansaban, trabajaban y socializaban en el suelo. La biomecánica humana evolucionó para moverse en rangos completos de flexión de cadera, rodilla y tobillo. Sin embargo, hoy muchas personas adultas no pueden mantener una sentadilla profunda ni durante 10 segundos sin perder el equilibrio.
¿Qué ocurrió?
La respuesta es simple: dejamos de usar ese rango de movimiento.