para darle consuelo y esperanza. En medio de la tormenta, ella nunca perdió la fe: creía que algún día Adrián saldría adelante, aunque fuera sola en el mundo.
Contra todo pronóstico, Adrián superó el cáncer. El pequeño guerrero volvió a sonreír, pero Mariana notó algo que la rompía por dentro: a pesar de la batalla que había ganado, nadie lo felicitó. Ni amigos, ni familiares, ni el padre que lo había abandonado. El vacío y la tristeza se reflejaban en sus ojos. Mariana lo abrazó con fuerza, prometiéndole que aunque el mundo a veces fuera injusto, Dios siempre estaría a su lado,