dejándola sola con un bebé en brazos y un corazón lleno de miedo. La soledad se volvió una constante, y cada día se sentía más pesada, pero Mariana nunca dejó de mirar a su hijo y preguntarse cómo podía protegerlo y darle felicidad.
Cuando Adrián cumplió ocho años, la tragedia golpeó nuevamente: le diagnosticaron cáncer. La noticia devastó a Mariana, quien vio cómo su pequeño hijo, la luz de su vida, comenzó a luchar contra una enfermedad que parecía imposible de vencer. Los días se convirtieron en noches interminables en hospitales, con pruebas dolorosas, lágrimas que parecían no tener fin y momentos de desesperación que ponían a prueba la fe de cualquiera. Mariana rezaba cada noche, pidiéndole a Dios fuerzas para sostener a su hijo,