Un hombre de montaña escuchó: «¿Podemos quedarnos con sus sobras?» durante la cena, y luego vio los ojos que lo destrozaron

—Tomé dinero de su caja y corrí con ella. Llevamos 6 días escapando. Nos asaltaron la diligencia, nos quitaron maletas, dinero y abrigos. Caminamos 15 km bajo la nieve para llegar aquí. A medianoche sale 1 tren de carga rumbo al oeste. Un viejo amigo de mi padre iba a escondernos en 1 vagón.

Silas iba a preguntar algo más cuando las puertas de la cantina se abrieron de golpe y una ráfaga blanca cruzó el salón. El ruido murió. Entró el comandante Castañeda, conocido por vender la ley al mejor postor. A su lado venía 1 hombre alto, impecable, con sombrero oscuro, guantes finos y 1 placa privada en la solapa.

Josefina abrazó a la niña con tal fuerza que la pequeña soltó el pan.

—Es Elías Cervera —susurró—. El cazador de Arturo.

Castañeda golpeó la barra con la culata del revólver.

—Nadie sale.

Cervera desplegó 1 cartel y ofreció 500 pesos por la captura de Josefina Salvatierra y de la niña que la acompañaba. La codicia se extendió por toda la cantina.

Sin perder 1 segundo, Silas tomó su abrigo de piel y cubrió por completo a Josefina y a la niña. Después se levantó. Su cuerpo enorme tapó el rincón entero. Cruzó los brazos, clavó la mirada en Cervera y comprendió que la verdadera ventisca no estaba afuera. Acababa de entrar en La Última Lumbre.

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