Tres vándalos llamaron a la puerta de un anciano solitario, seguros de tener una presa fácil delante: pero no tenían idea de quién estaba realmente detrás de esa puerta y cómo terminaría esta visita para ellos.

Los chicos intercambiaron miradas. Ya no había insolencia en sus ojos. Solo duda y ansiedad. Entendieron una cosa: si no mentía, era peligroso meterse con un hombre así. Y si mentía… tampoco querían descubrirlo.

El que lo había agarrado por el cuello antes se levantó primero.

“Vamos”, dijo en voz baja a los demás.

Se dirigieron hacia la puerta.

El anciano abrió la puerta y se hizo a un lado.

“La decisión correcta.”

Los tres hombres salieron sin mirar atrás. La puerta se cerró de golpe. Unos pasos se alejaron rápidamente por la calle.

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