Daniel sabía exactamente lo que temía. Negó con la cabeza.
“El contrato es inquebrantable. No hay forma de que pueda reclamar al bebé. Tranquilo… a veces la vida te sorprende. Seguro que todo está bien”.
Parecía que esperábamos una eternidad en el pasillo del hospital.
Ya era bien entrada la noche cuando una enfermera finalmente nos llamó.
Kendra estaba dormida.
Sophia también. La habían envuelto en una manta y la habían colocado en una cuna.
Parecía un angelito, y me costó mucho no cogerla en brazos.
“Está bien”, nos dijo la enfermera con suavidad.
Un pediatra sonrió, nos dijo que estaba sana y salió rápidamente de la habitación.
Unos días después, nos permitieron llevar a Sophia a casa. Todo parecía normal hasta aquel momento en el baño.
Miré fijamente la espalda de Sophia mientras Daniel la sostenía en la bañera.
Al principio, mi mente se negaba a procesar lo que veía.
Era una línea —pequeña, recta y precisa— en la parte alta de la espalda de Sophia. La piel alrededor estaba ligeramente rosada, en proceso de cicatrización.
No era un rasguño ni una marca de nacimiento.
—Es un cierre quirúrgico —dijo Daniel—. Alguien le practicó una intervención a nuestra hija y nunca nos lo dijeron.
—No —me giré hacia él—. No… ¿qué tipo de cirugía?
—No lo sé —Daniel tragó saliva—. Pero debió ser urgente.