Pero Rodrigo cambió. Conoció a Camila en una cena de negocios. Ella era joven, seductora y sabía cómo complacer a un hombre. Poco a poco, Rodrigo empezó a tratar con frialdad a Mariana. La culpaba de cosas absurdas, la hacía llorar y la empujaba a un estado de agotamiento extremo. El golpe final llegó cuando, en medio de un ataque de llanto en su oficina, Rodrigo llamó en secreto a un hospital y firmó los papeles para internar a su esposa en un psiquiátrico, alegando que “ella sufría delirios”.
El día que la llevaron, Mariana lo miró con lágrimas corriendo por sus mejillas:
— Yo no estoy enferma, solo estoy cansada… Tú me crees, ¿verdad?
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