El gimnasio se llenó del chirrido de zapatillas en el suelo mientras todos practicaban posturas y movimientos. Tyler se inclinó con una sonrisa de suficiencia y murmuró: “Apuesto a que lo están disfrutando, ¿eh? Por fin puedo hacerme el duro”.
Al principio, Marcus lo ignoró, siguiendo las instrucciones del entrenador. Pero cuando Tyler lo empujó con demasiada fuerza durante un ejercicio, Marcus empezó a perder el control.
“¿Tienes algún problema?”, preguntó Marcus con calma. “Tú”, replicó Tyler. “Te crees mejor que yo, ¿verdad? No estarás tan tranquilo cuando te dé una paliza”. El entrenador Reynolds, al notar la tensión, reunió a la clase. “Vamos a hacer combates de sparring controlados. Recuerda, esto es práctica. Respeta a tu compañero”.
Cuando Marcus y Tyler subieron al tatami, la energía en el gimnasio cambió. Los estudiantes se agolparon, presentiendo la tormenta que se avecinaba. Tyler se crujió los nudillos, sonriendo con suficiencia, mientras Marcus hacía una reverencia respetuosa, como mandaba la tradición. “¡A luchar!”, indicó el entrenador.
Tyler cargó con temeridad, lanzando golpes caóticos y sin orden. Marcus esquivó con facilidad; sus movimientos eran precisos, calculados y disciplinados. Con un bloqueo rápido y una patada perfecta a las costillas de Tyler, lo envió tambaleándose hacia atrás. Exclamaciones y murmullos de sorpresa se extendieron entre la multitud.
A pesar de la creciente excitación a su alrededor, Marcus mantuvo la calma. Cada vez que Tyler se lanzaba, Marcus lo respondía con contraataques precisos y controlados, nunca agresivos ni ostentosos, simplemente efectivos. Cada golpe era preciso, aterrizaba con intención, no con ira. Al final del asalto, Tyler estaba empapado en sudor, respirando con dificultad, mientras que Marcus se mantenía firme y sereno, apenas cansado.