Esa noche, mi esposo preparó la cena, y segundos después de que mi hijo y yo termináramos de comer, nos desmayamos, exhaustos. Me obligué a quedarme quieta

Golpeé la puerta del cuarto de mi nuera.

—¡Valentina! ¡Valentina, abre!

La puerta se abrió de golpe. Valentina Rojas, mi nuera, apareció con el pelo revuelto y los ojos hinchados por el sueño.

—¿Qué pasa ahora, mamá?

Yo la tomé del brazo, jadeando.

—Elías me llamó. Dijo… dijo que está en la puerta. Que tiene frío.

Valentina frunció el ceño.

—Otra vez tuvo una pesadilla. Vuelva a la cama, mamá.

Y entonces el timbre de la puerta sonó. Largo. Insistente.

Valentina se quedó rígida.

—No… —murmuró—. No puede ser.

Bajó las escaleras corriendo. Yo fui detrás. Pegó el ojo a la mirilla.

Y gritó con todas sus fuerzas.

—¡No regreses! ¡Vete! ¡Él volvió… volvió para vengarse!

Me levanté y pegué el ojo a la mirilla.

Afuera no había nadie.

Esa noche no dormí.

Tres días después, el teléfono vibró otra vez.

“Elías ❤️”

Contesté llorando.

—Mamá, soy yo. Estoy vivo. Te lo explico después. Mañana, a las nueve, ven sola al café La Sombra. Y por nada del mundo… no le digas a Valentina.

La llamada terminó.

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