Pasamos esa noche hablando hasta el amanecer. Linda confesó que, durante todos esos años, mirando la nieve por la ventana, se había imaginado que yo aparecía de repente para rescatarla del vacío. Tras descubrir la verdad, nuestras vidas parecieron cobrar un nuevo sentido. Plantamos un jardín juntas, leímos libros y hablamos sin cesar sobre cómo llamaríamos a nuestra hija: Emma.
Sin embargo, unos meses después, la salud de Linda empeoró. Los médicos le diagnosticaron cáncer en fase avanzada. Dejó de luchar, deseando solo pasar el tiempo que le quedaba conmigo. Esas últimas semanas se convirtieron para mí en una lección de amor verdadero. Falleció en paz, una semana después de agradecerme por no haber desaprovechado nuestra segunda oportunidad.
La enterré junto a nuestra hija, grabando en la piedra las palabras «un amor que perdura». Ahora, por las tardes, me siento junto a la ventana, escuchando el viento. Ya no siento soledad; percibo su presencia en cada respiración. A veces, al mirar hacia el camino, aún imagino a la mujer del abrigo azul claro, y sé que finalmente ha regresado a casa.