El lunes, a las 8:13 de la mañana, Alejandro llegó a mi clínica.
Lo observé desde las cámaras.
Vestido impecable, seguro de sí mismo… como si todo siguiera igual.
Ingresó el código.
Luz roja.
Intentó otra vez.
Otra vez.
En ese momento, el cerrajero estaba terminando de instalar un nuevo sistema en la entrada principal.
Alejandro se giró… lo vio… y luego me vio a mí.
Ahí lo entendió.
Yo ya había tomado una decisión.
Cara a cara
Se acercó a la puerta, molesto.
—¿Qué es esto?
Lo miré a través del vidrio.
—Esta es mi respuesta.
Su expresión cambió al instante.
—¿Cambiaste las cerraduras?
—Sí.
—Estás exagerando.
No. Por primera vez, estaba reaccionando como correspondía.