En todo el mundo, miles de mujeres dedican su vida a la limpieza de hogares, dejando cada espacio reluciente, desinfectado y perfumado. Sin embargo, lo que muchas de ellas no saben es que, mientras trabajan, respiran veneno lentamente. Los productos que utilizan a diario —como cloro, amoníaco, desinfectantes y aromatizantes— contienen compuestos químicos que, con el tiempo, pueden afectar gravemente su salud.
En la mayoría de los casos, estas mujeres realizan sus tareas sin guantes, sin mascarilla y sin ventilación adecuada. Durante horas, inhalán los vapores tóxicos que se desprenden al mezclar productos de limpieza, y esas sustancias ingresan al organismo a través de la piel, la nariz y los pulmones. El efecto no se nota de inmediato, pero con los años el cuerpo comienza a acumular ese “veneno silencioso” que puede derivar en alergias, tos crónica, irritación ocular, dolores de cabeza, dificultad para respirar y, en los casos más severos, enfermedades pulmonares o cáncer.