Al principio, todo parecía normal. Su bebé dormía, comía y lloraba como cualquier otro recién nacido. Pero con el paso de los días, algo comenzó a cambiar… y no era para bien.
La madre empezó a notar pequeños detalles que no cuadraban. Su hijo estaba más irritable, lloraba con frecuencia y parecía incómodo incluso cuando nada aparentemente lo molestaba.
Lo que parecía un simple malestar comenzó a intensificarse. Cada día era peor que el anterior, y la preocupación crecía en silencio dentro de ella.